Hace muchos años, cuando apenas tenía 5 años, tuve una experiencia inolvidable en el Parque de Ferias San Jacinto. Aquel día, la emoción se palpaba en el aire mientras miles de personas se congregaban para la inauguración de un pabellón de exposiciones. Junto a mis padres, me encontraba maravillado por el bullicio y las luces que adornaban el lugar.
Sin embargo, en un abrir y cerrar de ojos, me vi separado de la vista de mis padres en medio de la multitud. Aunque me sentí solo, algo dentro de mí me llenó de calma y paz. Sin temor alguno, continué caminando entre la gente, confiando en que todo estaría bien.
En mi travesía, llegué a la puerta de salida, sin percatarme de lo lejos que me había alejado. Pero entonces, un giro del destino me llevó a encontrarme con mi tía y mi tío, quienes eran personas de fe y amor por Dios. En ese momento, entendí que el Señor ya estaba obrando en mi vida y me estaba cuidando en todo momento.
Dios puso a su equipo divino a mi alrededor para velar por mi seguridad, y mientras me adentraba entre la multitud, me otorgó una tranquilidad que desafiaba toda comprensión. Confiaba en que Él me tenía en el centro de su mano, y aunque me había perdido de mis padres, no sentí miedo ni preocupación.
Tiempo después, comprendí que Dios tenía un propósito para mí en ese momento. Era Él quien me guiaba y protegía en medio de la multitud, asegurándose de que nada me sucediera. Entendí que yo era como aquella oveja que se había separado de su rebaño, pero mi Buen Pastor fue a buscarme y me llevó de vuelta a mi hogar.
Hoy, al recordar esa experiencia, puedo decir con certeza que Dios me guardó y cuidó en aquel momento. Su amor y protección nunca nos abandonan, incluso en las situaciones más inesperadas y desafiantes. Fue una lección de confianza absoluta en Él y de la certeza de que siempre está a nuestro lado, guiándonos y protegiéndonos.
Es maravilloso saber que el mismo Dios que cuidó de mí cuando era tan joven, sigue siendo el mismo hoy y siempre. Su amor y cuidado son eternos, y cada vez que nos separamos del camino, Él nos busca con amor y gracia infinita.
"El Señor es mi pastor; nada me falta. En lugares de verdes pastos me hace descansar; junto a aguas de reposo me conduce. Confortará mi alma" - Salmos 23:1-3.
Que este relato nos recuerde que, al igual que el salmista, podemos confiar plenamente en nuestro Buen Pastor, quien nos guía, protege y conforta en cada paso de nuestra vida. En medio de cualquier situación, Él siempre está con nosotros, brindándonos paz y seguridad. ¡Confía en el Señor y deja que su amor te guíe en todo momento!
Bendiciones de lo alto para ustedes mies lectores!

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